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La ciudad de Sancti Spíritus, que hoy distinguimos por sus calles sinuosas y estrechas, por su tráfico escaso pero complicado y por una arquitectura colonial salpicada a cada rato por la modernidad, no nació como ha llegado hasta nuestros días.

Magón era el nombre que los aborígenes daban a la región donde se levantara la villa de Sancti Spíritus, en 1514.

La villa del Espíritu Santo, la cuarta de la Isla, según nos han hecho saber los cronistas de Indias e historiadores contemporáneos, fue fundada en tierras de gigantescas arboledas, abundantes de cedros y ceibas, en llanura fértil,  ambiente bucólico de la provincia india de Magón.

Algunas versiones apocalípticas aseguran que el primer emplazamiento a orillas del río Tuinucú apenas se mantuvo por unos años, pues los primigenios habitantes salieron a la desbandada atemorizados por una plaga de bibijaguas u otras hormigas que horadaban el ombligo a los recién nacidos. Razonamientos más lógicos indican que entre las causas de la mudanza figuran conflictos entre funcionarios, necesidad de mejor ubicación geográfica y de más brazos para las encomiendas.

Lo cierto es que la villa fundada por el Adelantado Don Diego Velázquez se asentó para siempre en las márgenes del Yayabo, casi al centro de la isla, condenada a un aislamiento de siglos por la inoperancia y el frecuente cierre de su único puerto en Tunas de Zaza, y la mala pasada del ferrocarril central, que la ignoró en su recorrido.

Al principio, predominaron las construcciones de guano y tabla, provocando continuos y considerables incendios que motivaron por el año 1786 la primera regulación urbanística, que prohibía ese tipo de fabricación en el centro de la ciudad.

Poco a poco, las edificaciones mejoran a base de ladrillo embarrado y tejas, pero las calles se mantienen tortuosas y empedradas. Las fachadas, con influencias moriscas, aparecen sencillas, poco ostentosas, y se multiplican puentes, plazas y plazuelas, agradables para pasear al atardecer.

Los dineros y la bonanza llegan a Sancti Spíritus en el siglo XIX, cuando crece la demanda nacional por su ganado, al punto de completar en un solo envío hacia La Habana hasta 20 mil cabezas.

Nacen entonces las obras arquitectónicas que, junto a la Iglesia Mayor, concluida en el 1680, identifican hoy a la ciudad por todo el mundo: el teatro Principal y el puente sobre el río Yayabo, al decir del historiador Luis F. del Moral “un puente soberbio sobre un río humilde”.

Según la técnica de las calas estratigráficas usadas para determinar los colores más primigenios, el 80 por ciento de los edificios de época del siglo XIX y los reconstruidos del XVIII tuvieron puertas y paredes pintadas de azul.

Se afirma que tales tintes relajan el ambiente y contribuyen a refrescar la calidez del clima; además de que algunos estudiosos explican su predominio por una cuestión meramente económica, en tanto la producción de añil se desarrollaba aquí no sólo para el consumo propio, sino también con destino al comercio.

El trazado resultante de la evolución urbana es marcadamente irregular, especialmente en la parte más antigua donde también predominan las edificaciones de una planta.

El crecimiento en altura se concentra hacia el Parque Serafín Sánchez Valdivia y la calle Independencia, siendo excepcional en otras áreas pero sin rebasar los tres niveles. Exponentes de gran valor de varias épocas constructivas se destacan en el conjunto como: La Parroquial Mayor, el Palacio Valle, la casa solariega de los Mendigutía, el edificio ecléctico de El Progreso, la casona de Don Pedro de Castañeda, el Palacio de las Águilas, la casa natal del Mayor General Serafín Sánchez Valdivia, la Iglesia de Jesús Nazareno, el Hospital de San Juan de Dios y otras que definen la identidad del Centro Histórico.

El puente sobre el río Yayabo es considerado por muchos la joya colonial del centro de la isla, su construcción es admirada por quienes lo transitan y constituye el principal símbolo patrimonial de la ciudad espirituana.

Desde el año 1660 los pobladores espirituanos venían reclamando la construcción de este puente, en realidad los moradores buscaron una mejor ubicación de la naciente población según estiman diversos historiadores. Y fue así como el síndico Procurador General, Don Vicente Valerino presentó una moción para construir un puente que uniera las márgenes del Yayabo, pero no es hasta el año 1771 en que se realiza el primer proyecto de construcción. Sin embargo, la construcción comienza en el año 1817.

“Paso de las Carretas” fue el lugar escogido para ubicar el puente. Esta monumental edificación se realizó con el aporte popular, entre los que se encuentra el del obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa (Obispo Espada) en su segunda visita a Sancti Spíritus en el año 1819. La obra estuvo dirigida por los maestros albañiles Don Domingo Valverde y Don Blas Cabrera, quienes materializaron un proyecto que contaba con cinco arcos con el central más peraltado y el resto disminuyendo en altura hacia ambos lados. Los materiales utilizados para acometer esta obra (ladrillo, cal y arena) fueron contratados a los tejares espirituanos. La mano de obra fundamental fue la de los presos del municipio.

Fue terminado en el año 1831. El valor de su construcción se calcula aproximadamente en más de 30 000 pesos. Con un estilo y significados únicos, el Puente Yayabo tiene una altura superior a los 9 metros y su largo es de aproximadamente 85 metros. La estructura está en perfecto estado y conserva su encanto de ayer en el centro urbano que nació a la vida en la segunda década del siglo XVI.

Es el único exponente de su tipo que se conserva en el país y los espirituanos ven en él uno de sus más valiosos bienes, pues se integra de forma perfecta a un bello paisaje urbano que identifica a la ciudad.

Fuente: http://www.escambray.cu/especiales/monumentos/sancti/

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